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Manuela Garín, precursora de las mujeres científicas, cumple un siglo de vida

jue, 02 ene 2014 00:07

México, DF. Disfruta muchísimo platicar cosas de su vida, cosas que ocurrieron “en tiempos pasadísimos”, porque los recuerdos de alguien que llega a los cien años de edad con la lucidez y la memoria intactas se pueden conjugar así, en pasado y “pasadísimo”. Su risa es ancha y sonora, proclama que la vida es maravillosa y decreta que ella –Manuela Garín de Álvarez—ya está en edad de hablarle de tú a quien se le dé la gana. Claro, con la condición de ser correspondida en el tuteo.

Este primero de enero fue su “cumple-siglo”.

Matemática, precursora de las mujeres científicas en la UNAM, reformadora de los sistemas de enseñanza preparatoria y superior, maestra emérita de la UNAM, ex basquetbolista aficionada, integrante de una célula comunista en tiempos de Lázaro Cárdenas, bisabuela de nueve jóvenes, sube y baja los tres pisos del edificio donde vive y aprieta fuerte cuando abraza. Y los martes, sin falta, recibe a sus amigos para desayunar en su departamento, en el “multi” Juárez. Seis, ocho comensales, a veces más, a veces menos, pasan la mañana charlando de lo humano y lo divino frente a una jarra de café; tienen en su mayoría la edad de sus nietos “pero son amigos míos; siempre he sido amiguera”.

Uno de esos amigos suyos, Manuel Diego, llegó un día a su mesa a desahogar su pena por una enfermedad grave recién diagnosticada. “Entonces yo pensé: voy a hablar y hablar para distraerlo”. Le habló y habló, lo distrajo, lo involucró en su historia y de ahí surgió el pequeño libro “Manuela Garín. Saber contar”, Ediciones Oro de la Noche. El autor, cabe decir, superó su crisis de salud.

La huella de Manuela Garín Pinillas en las instituciones de enseñanza de la ciencia es profunda y prolífica. En medio siglo de vida profesional activa fundó el Instituto de Geofísica de la UNAM en Yucatán y la Escuela de Altos Estudios en la Universidad de Sonora; enseñó a un sinnúmero de generaciones en la Normal Superior, la Escuela Nacional Preparatoria, el TEC de Monterrey -donde ayudó a crear la carrera de Matemáticas-, las Facultad de Ingeniería y Ciencias de la UNAM y la Universidad Femenina. Durante años organizó los congresos para la Sociedad Matemática Mexicana. Fue investigadora en el Instituto de Geofísica y recibió el título de profesora emérita en 1990.

En las historias oficiales de Manuela, la Mane, consta que nació el primero de enero de 1914, en Asturias, España. Para ella, es una fecha relativa. En aquellos tiempos –ese año estalló la primera guerra mundial—no todos los niños eran registrados al nacer en los pueblos convulsionados de Europa. “Pero la cuenta sí es correcta. Estoy por cumplir los cien años”.

Sostiene: “Uno es de donde tiene su primer recuerdo. Y mi primer recuerdo, cuando tal vez tenía tres años, es estar parada en la cubierta de un barco, de la mano de mi mamá, en medio del mar, mirando flotar una ballena en el horizonte, cubierta de pájaros”. Sus ojos desgastados parecen estar viendo otra vez el gran cetáceo. “Así, con esa imagen insólita, empezó para mí el mundo, durante una travesía a la mitad del Océano”.

En todo lo que emprendió en su larga vida –y lo que falta-- la centenaria Manuela ha sido innovadora: le tocó ser estudiante de la primera generación de lo que hoy es la Facultad de Ciencias en 1937; ejerció como esposa y madre bajo un amplio criterio de independencia e igualdad; contribuyó en los años 60 y 70 en las grandes reformas para modernizar la enseñanza de las matemáticas. Pero ella le resta importancia a su papel de precursora. Simplemente “viví la vida intentando ayudar”, dice.

La leyenda del pico de Orizaba

La familia desembarcó en La Habana. La madre, María Luisa Pinilla, dos hijos pequeños y el padre adoptivo Domingo Garín, ingeniero de minas, contratado para trabajar en Pinar del Río. De Mantua, un pueblo minero a donde se llegaba a lomo de mula, Manuela tiene recuerdos de una infancia feliz, sin escuela pero con dos excelentes maestros, el secretario de la mina que les enseñaba a leer y les daba libros de historia, y las clases de matemáticas de su papá, tan buenas, tan bien explicadas que definieron la vocación y el futuro de la niña mayor. Otros cuatro chicos Garín nacieron ahí. Y todos fueron registrados en Pinar del Río de un jalón, cuando el ingeniero al fin encontró un registro civil.

La gran depresión, que hizo quebrar la corporación minera donde trabajaba el padre y la dictadura de Machado pusieron fin a la etapa cubana de la familia, aunque el terco acento de la isla donde Manuela aprendió a hablar aún se esconde en ella. Sin don Domingo, a quien no se le concedió la visa, la madre María Luisa llega a México con sus seis hijos; ella adolescente. Afirma con precisión Manuela: “En noviembre del 1932, en un barquito que se fue acercando al puerto de Veracruz, con sus casitas así de chiquitas”.

--¿Conocías esa leyenda que contaban los inmigrantes europeos que llegaban en aquel tiempo, de que si desde el puerto vislumbraban el pico de Orizaba significaba que iban a echar raíz en México?

--Mira tú, no lo sabía pero nos pasó ¿eh? Lo vimos, un triangulito con la nieve de distintos blancos. Y los seis hermanos formamos seis felices hogares mexicanos.

Llegando a España Domingo Garín murió y nunca pudo reunirse con su familia en México.

“Imagina a mamá, sola con seis hijos llegando a un nuevo país, en esa época que no se acostumbraba que las mujeres trabajaran. ¡Qué bueno que a mí no me tocó, porque a mí me encanta trabajar!”.

¡Una muchacha en la UNAM!

Pese a todo, los chicos Garín pudieron estudiar. Y en 1937, luego de solventar los problemas para acreditar sus estudios habaneros, Manuela hacía su ingreso triunfal a lo que entonces se llamaba la Escuela de Física, Matemáticas y Biología de la UNAM, Tacuba 5, en el hoy Palacio de Minería. Fue pionera en su carrera.

“No era fácil porque éramos muy pocas muchachas y por lo general –y todavía mucho tiempo después ¿eh?—cuando los chicos veían pasar una mujer salían aullando. Pero una vez que nos conocían nos respetaban porque, eso sí, éramos muy aplicadas”.

Manuela no se queja de los tiempos en los que le tocó ser joven y abrirse camino en un mundo de varones. Si enfrentó discriminación de género ni lo registra. Al contrario. “Era otra época. Si salías a pedir trabajo lo encontrabas”.

Estando todavía en la universidad, su madre perdió sus ahorros, su casa y hasta las llaves.

“Nos quedamos pobres-pobres”. La familia quedó a cargo de los dos hijos mayores. Ella consiguió trabajo de maestra en la Universidad Obrera “con el fantástico sueldo de 40 pesos. Mamá enfermó. Para recuperarse necesitaba tomar jugo de carne”.

Ese pequeño detalle, el jugo de carne, y la fuerte presencia que en esa época tenía el Partido Comunista, empezaron a urdir su destino. En Casa Bocker compró un extractor y Manuela pasaba diario a La Merced a la carnicería de la familia Corona a comprar un kilo de carne para jugo. Pronto se forjó una buena amistad entre la universitaria y la familia de carniceros, quienes además de asistir a los partidos de basquetbol femenil donde jugaba, para echarle porras, la invitaron a formar parte del Partido Comunista.

“Yo, en Cuba, había leído de la Unión Soviética y me interesaba. Les dije que sí, aclarando que yo era católica. Pero las reuniones de esa célula de los carniceros de la Merced eran de un aburrido…no te imaginas”. Un día llegó un alto dirigente del PC a ver cómo estaban las cosas y le extrañó que una chica matemática, cargada de libros y libretas, estuviera en esa célula donde de lo único que se hablaba era del precio de la carne. Le propuso un cambio a la célula de la facultad de Ingeniería, que es la que le correspondía. Ese dirigente fue más tarde su cuñado, ya que en la nueva célula conoció su hermano, el estudiante de Ingeniería Raúl Álvarez. “Los carniceros se enojaron muchísimo pero las reuniones resultaron para mi mucho más interesantes, claro. Y ahí nos hicimos novios Raúl y yo, aunque le advertí que no me casaba hasta terminar la carrera. Y así fue”.

Un matrimonio nada convencional

Manuela nunca se planteó ser ama de casa. Los hijos llegaron muy pronto, Raúl a los 9 meses de la boda y Tania año y medio después. Pero la nueva mamá no dejaba las aulas y las oficinas, el cálculo y la estadística.

“Un día me dice mi suegra: Oye ¿qué no puedes vivir con lo que gana tu marido? Le contesté que sí, pero que si yo hice una carrera y trabajando podía agregar un poquito a lo de Raúl pagándole a alguien que vea lo de la casa mientras yo me dedico a las matemáticas ¿porque no voy a trabajar?”. Así se zanjó el asunto de una esposa nada convencional. “Y como mi marido nunca me lo prohibió...pues así seguí”. Eran los años 40.

Raúl y Manuela vivieron esa complicidad única 64 años. “En el 2004 se me murió”. Solo en ese momento, a lo largo de una luminosa mañana de plática sabrosa, Manuela se pone cabizbaja.

“Tuvimos –dice-- dos hijos únicos, Raúl que estudió ciencia política y luego matemáticas, como yo. Siempre fue un rebelde y se me casó muy chico, al grado que nosotros tuvimos que ir al registro civil para darle el permiso”. Con los años destacó como uno de los líderes más notorios y lúcidos del movimiento del 68. Y Tania, que se inclinó por el ballet, estudió en Cuba y se convirtió en bailarina, como lo soñó.

En ese matrimonio la regla número uno fue la independencia. Cada uno trabajaba, hacía sus cosas. El ingeniero continuó aun en la clandestinidad su militancia en el PC. Manuela siguió al esposo en sus numerosos traslados profesionales, pero ella, a donde fueran, encontraba buenos empleos, como docente o investigadora, en las distintas universidades.

Finalmente Manuela decidió que los chicos no podrían perder más clases con tantas mudanzas y resolvió radicarse en el Distrito Federal. Raúl, el marido, trabajaba para ICA en la construcción de los multifamiliares “Benito Juárez”, en la colonia Roma Sur. Con la unidad habitacional todavía en obra, Manuela eligió un pequeño departamento –dos recámaras, una estancia, baño y cocina minúsculos y una espléndida vista al parque Ramón López Velarde. Ahí crecieron sus hijos. Ahí vivieron el esplendor del gran proyecto urbano del arquitecto Mario Pani. Ahí sufrieron el terremoto de 1985, con el desplome de muchas de sus grandes torres (algunas de hasta 19 pisos) y la muerte de centenares de vecinos. Y ahí resiste la maestra jubilada el paso del tiempo. Sesenta años después, la vieja arboleda del parque de que separa del tráfago de la avenida Cuauhtémoc, un tanto deteriorada, cubre la vista desde su pequeño balcón.

De su vida laboral, resume: “Me gustó trabajar, hacer cálculos, estadísticas. Y a veces llegué a ganar bien. Pero lo que más, más me gustó, fue ser maestra”.

Madre coraje

Las luchas sociales siempre ocuparon un asiento en la mesa de los Álvarez Garín. El legendario diplomático Guillermo Garcés, amigo del marido, ex consejero de un secretario de Relaciones Exteriores, frecuentaba el departamento en largas sesiones donde se hablaba de revoluciones, de Vietnam, de la India, de Fidel Castro, de lo que pasaba en el mundo, de las huelgas de los médicos, los ferrocarrileros, de los mineros, los maestros, de las injusticias en el campo, de donde hubiera problemas y luchas. “Mis dos hijos crecieron escuchando esas pláticas, comprendiendo esas preocupaciones”.

En consecuencia, frente a las oleadas represivas de la época, le tocó ser “madre coraje”, para rescatar a su hijo rebelde de distintas capturas.

La primera vez que cayó preso, junto con sus amigos Daniel Molina y Pepe Guerrero. Raúl y era un chamaco que todavía no cumplía 17 años. Fue durante el “sabadazo”, el golpe represivo contra los ferrocarrileros. Los tres fueron detenidos después de colarse a la Secretaría de Gobernación y de reclamarle en persona al entonces titular, Gustavo Díaz Ordaz la liberación de los presos. Durante días mantuvieron desaparecidos, sin reconocer ante sus desesperadas madres que los tenían. A los 15 días se los entregaron.

Ya empezaban las batidas represivas contra los comunistas y el ingeniero Álvarez y Manuela rara vez llegaban a su departamento a dormir. El 68 encuentra al hijo Raúl al frente de la representación de la escuela de matemáticas del Poli ante el Consejo Nacional de Huelga. El 2 de octubre, en medio de la masacre, Raúl volvió a caer preso, entre los centenares de jóvenes detenidos esa noche. Empezó de nuevo la angustia, la búsqueda, los traslados totalmente ilegales del Campo Militar Uno a Santa Marta Acatitla y finalmente al Palacio Negro de Lecumberri. Luego, los sobresaltos, el abuso del Ministerio Público, la comprensión de que ante lo irracional de las acusaciones de la PGR no había defensa penal que valiera; las madres movilizadas tocando puertas en los despachos de los funcionarios, llevando desplegados a los diarios; Manuela siempre acompañada por quien entonces era su nuera, María Fernanda la Chata Campa, hija de Valentín Campa, que también estaba preso. Se tejieron hermosas complicidades con la escritora Elena Poniatowska, que en esos días reporteaba para La Noche de Tlatelolco, una de sus obras mayores, y Montserrat Gispert, otra científica.

Con el cambio de régimen, Echeverría intenta deshacerse de esa papa caliente que era el colectivo de presos políticos, cada vez mejor organizados y más visibles a los ojos de los defensores de derechos humanos. A Manuela le toca ser la intermediaria entre los líderes del colectivo, Raúl y Gilberto Guevara Niebla y el secretario de Gobernación de LEA, Mario Moya Palencia. Los dirigentes fueron enviados al Chile de Salvador Allende vía Perú. Al resto los liberaron. Pocos meses después, y días antes de la masacre de Corpus Cristi (junio, 1971) todos estaban de regreso, en el auditorio Che Guevara de la UNAM.

20 millones de mexicanos

Sus cercanos siempre le dijeron Mane. Le resta méritos a su vida de pionera, como científica, luchadora y como mujer independiente.

-¿Te sientes precursora de una forma de ser mujer en este país desde los años treinta?

--Pues sí, yo oía que las mujeres no podían hacer muchas cosas en esos tiempos. Pero, pues como yo hubo algunas otras. Es que cuando uno de veras quiere hacer algo, pues se hace y ya”. Y otra vez la carcajada contagiosa, que conjuga perfecto con la Nochebuena que adorna su sala.

Pocos contemporáneos recuerdan tan a detalle al México de la primera mitad del siglo pasado. Así cierra su charla: “Cuando estaba en la preparatoria, había un anuncio de la radio que decía: ¡Veinte millones de mexicanos no pueden estar equivocados! Imagínate, el país que yo conocí tenía 20 millones. Hoy somos 120. Hemos cambiado mucho, pero para mal, porque esta sociedad moderna es mucho más egoísta. Es una pena. Pero de todas maneras… ¡la vida es una maravilla!”.

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